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viernes, 24 de febrero de 2012

Sol y lluvia

Sonia tenía ocho años. Le encantaba salir con sus amigos, recorrer a la máxima velocidad que le permitían sus pies las calles del barrio. Solía detenerse en un parque, a lo alto de uno de los montes que caracterizaban el lugar. Desde allí se veía, incluso, la ciudad. Entonces reía, sola, sin nadie, o con gente. Eso no importaba. El sol acariciaba con su tibieza el cuerpo de la joven, su rostro infantil.

-Me encanta este lugar, ¡no quiero irme jamás! -decía a menudo, como si en el fondo de su alma supiera que algún día tendría que marcharse.

Ese día no tardó en llegar. Le habían ofrecido a su padre, hasta entonces en paro, un trabajo en otro país. Lejos de su tierra, sus amigos, su hogar. No dudaron en hacer las maletas.

Sonia estaba triste. Allí no conocía a nadie, ni siquiera hablaban su idioma. Además, pudo comprobar durante la primera semana que los días de sol no eran frecuentes y que era la lluvia la que ocupaba su lugar.

-¡No me gusta el agua! ¡Los días grises, los días tristes! ¡No me gusta el idioma que se habla aquí! ¡Quiero volver a mi casa!

Tomó un paraguas y pintó un sol por la parte de abajo, le colocó una linterna... pero aquello seguía sin ser el sol. Además, había perdido el apetito, no hablaba apenas con sus padres y los demás niños y niñas se habían alejado de ella, pues no parecía tener intención de relacionarse.

Cuando mandaban alguna actividad en la escuela para que se hiciera en casa, la joven rompía los cuadernos, protestando. Era injusto, ¿por qué tenía que estar lejos de su casa? ¡Con lo feliz que había sido allí!

Entonces, un día, tuvo un sueño. Su abuela bajaba del Cielo (un lugar lleno de chucherías, ositos de peluche y con todos sus seres queridos) y la abrazaba.
-¿Por qué lloras, hija mía?
-Quiero volver a mi casa, abuela.
-Pero, ¿qué es una casa, querida? Una casa no es más que ladrillo y cemento. El hogar es aquel lugar en el que sientes que te quieren y que te cuidan, y ese lugar no está en una casa...
-¿Entonces dónde está? -La joven miró a su abuela a los ojos.
-¿Quienes te cuidan y te protegen, quiénes te quieren siempre, aunque a veces no os llevéis bien?
-Mi papá y mi mamá.
-Ahí está tu hogar. Con ellos. Donde sea.
-Pero abuela, no me gusta este sitio, el Sol sale muy poco y no para de llover a ratos en un cielo que siempre está gris.
-Quizás sea hora de parar de llorar, de quejarte. Si una persona habla, no puede escuchar ¿verdad? Pues esto es lo mismo... Si te quejas por las cosas malas, no tienes tiempo de divertirte con las buenas, así que ¡deja de llorar, niña linda! sal a correr, salta sobre los charcos, adivina qué gota de agua de las que se quedan en la ventana llegará antes al suelo.
-No es lo mismo, abuela, allí podía ver la ciudad entera desde el monte, ¡aquí no!
-Allí veías un mundo desde lejos, Sonia. Aquí puedes ver el mundo de cerca. No te has fijado, lo sé, pero todo a tu alrededor son casitas con jardines muy verdes, que en primavera se visten de flores muy bonitas. Puedes olerlas, tocarlas, dibujarlas, hablar con ellas… ¡lo que quieras!
-¿De verdad?
-¡Claro! Y en invierno, es como si se casaran... ¡porque nieva! Y se visten de blanco.
-¡Eso me gusta! -Sonia sonrió.

La chica se despertó radiante, con una sonrisa espléndida y con un abrazo muy cariñoso a sus padres. Comió bien ¡por fin! Y cuando iba al colegio... “¡Anda, una flor!” Se sorprendió, feliz. Siguió caminando. “¡Anda, otra flor!” Lo que no esperaba encontrar, era un erizo. ¡La primera vez que veía uno! A distancia, le llamó Pepito y se inventó para él una historia de amor con una mariquita de esas que abundaban en el parque del monte.


A veces hay que aprender a valorar lo que se tiene, ¡nos sorprenderíamos!

10 comentarios:

LadyLuna dijo...

¡Hola!
Acabados los exámenes y comenzadas las prácticas, por fin llego con otro de mis cuentos.
Me pasaré por vuestros lugares y rincones (blogs) a lo largo de la semana que viene, que este finde tengo visita^^
¡Espero que os guste!
Un abrazo.

Xevi CG dijo...

Precioso relato y mensaje, toda la razón.

Gracias por seguir compartiendo relatos inspiradores.

Feliz fin de semana! ;)

Un abrazo mimoso y besitos!

JUAN dijo...

¡Lady Luna, qué bonito escribes, mi niña!
Creo que me has convencido: voy a irme a trabajar a Laponia.
Un beso enorme

Anónimo dijo...

Genial, sencillamente.
Aunque no tengamos lo que queremos, debemos aprender a querer lo que tenemos, lo que nos han dado :)

Elena Garcia dijo...

Es impresionante. Ha sido una historia que me ha recordado mucho a mi infancia. Me pasó al parecido, pero con la gente en vez de con el tiempo.
Tienes mirar lo bueno de las cosas nuevas, no solo lo malo.
Precioso^^

Sese dijo...

Qué difícil es echar raíces fuera de nuestros orígenes, y más siendo niño. Yo tampoco me imagino sin ver el sol en un mes, pasando frío continuamente, no pudiendo comunicarme en mi lengua.... pero mucho menos me imagino lejos de los míos, suerte que Sonia supo verlo a tiempo.

Besos

Xantiago D. Martínez dijo...

Todo lugar tiene algo bueno y se acaba encontrando por mucho que se eche de menos el país, la ciudad o el barrio en el que naciste y creciste.
Pero la abuela de Sonia tenía razón, donde está tu familia está tu hogar. O quizás no, también se puede tener un hogar lejos de la familia, eso es muy relativo, ya sabes ;D

LoveU

David García Felis dijo...

Hoy ha estado nevando y en seguida me he acordado de tu historia. Mi pensamiento ha sido: puedes quejarte o ver lo bello que es, así que me he quedado con lo segundo.
Gracias por regalarnos tus relatos, nos haces ver las cosas de otra manera, realmente ayudas a que la vida sea más bonita.
¡Muchos besitos cariño!

Escritora Laura M.Lozano dijo...

eres una genial escritora. Tú si que quieres lo que tienes. =))
Un beso.

guille dijo...

Los que saben disfrutar de lo que tienen son sabios.

La casa tenía sofás, cortinas, alfombras, mesas, lamparas y se llama casa.
La cueva me tiene a mi y se llama hogar.