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sábado, 16 de diciembre de 2017

Despliegas las alas

Fotografía realizada por David García Felis
Despliegas las alas y te recuerdo en aquellas letras azules, en el buen corazón que te motivó a encontrarme sin saber que me buscabas.

Despliegas las alas y releo nuestras conversaciones, nuestras risas cómplices, tu hombro al otro lado de la pantalla, tu callada compañía cuando más la necesitaba.

Despliegas las alas y cogí aquel tren. Y fue Madrid, la magia, la ilusión, la cena, la estrella fugaz, el deseo, Pandi, el semáforo en rojo y nuestro primer beso. Fue también el sofá, las caricias en el pelo, el reloj del que nos olvidamos durante tantas horas.

Despliegas las alas y regresé. Y ya sabíamos que estábamos destinados a estar juntos. Eras tú. Siempre habías sido tú.

Despliegas las alas y los kilómetros se agrandan. Qué cosas las del amor, que no hay distancia que pueda con su verdad.

Despliegas las alas. Consigues aquel sueño tras tanto esfuerzo. Y soy feliz de verte brillar, sobre todo cuando tus ojos se iluminan como dos universos en los que me apasiona perderme.

Despliegas las alas y estás conmigo. En todas las tormentas y tormentos, en los días de lluvia y sol, en letras y en voz. Con distancia y sin ella. Y disfrutas viéndome brillar también.

Despliegas las alas y te acercas, subimos a castillos, palacios y alcázares, bajamos a los bosques, parques, a playas, jugamos con arena, agua y sal. Y aún me gustas más.

Despliegas las alas y me cubres, me abrazas, me esperas y me animas. Y te dejas también cubrir, abrazar, esperar y animar por mí.

–María, yo te recibo como esposa y prometo amarte fielmente durante toda mi vida.
–David, yo te recibo como esposo y prometo amarte fielmente durante toda mi vida.

Despliegas las alas. Y yo también. Y echamos a volar...

Autora: María Beltrán Catalán (Lady Luna)

sábado, 25 de noviembre de 2017

Los elegidos

Pedro había sido el elegido. Entre todos los escolares de aquella clase, la profesora había dicho su nombre. Él se encargaría de anotar en la pizarra el nombre de aquellos compañeros que osaran hablar. El primer minuto transcurrió en el más sepulcral de los silencios. Durante el segundo, se escuchó una voz. Identificó enseguida el acento de la chica nueva y extranjera. A ella, no la anotaría en la pizarra.

Lucía también tenía nombre propio. No la habían elegido en ninguna parte, simplemente había llegado allí. El silencio representaba un pasaporte para quien rebosa imaginación. Mientras sus iguales estaban en clase, ella había viajado a la Catedral de Sevilla. Qué bonita es. Recorría pasillos, rampas, lugares escondidos y lugares diversos... Se fijaba en los detalles de la arquitectura, de las pinturas y de todo lo que formaba parte de aquel magnífico monumento.

-¿Cómo olerá? -susurró, quien solo conocía aquella ciudad a través de los libros.

-Lucía, has hablado, te anoto -interrumpió Pedro.

Lucía se encogió de hombros. 

Los demás compañeros no tardaron en retomar el murmullo de las conversaciones. Alguien le estaba contando un sueño que había tenido la noche anterior a quien se sentaba a su lado. Pedro se interesó y le pidió que lo contara un poco más alto.

Mientras tanto, en la pizarra, solo el nombre de Lucía seguía leyéndose.

El sonido de los pasos de la profesora sumió en el silencio más absoluto a la clase. Se abrió la puerta y la profesora entró, acompañada de otra persona, la cual vestía una especie de capa. 

-Bien, niños, ella es Margarita -la presentó.
-Hola Margarita -dijeron todos.

Margarita se fijó en el nombre escrito en la pizarra. La profesora, también.

-Lucía, por haber desobedecido, serás la primera en salir de clase con Margarita. -Luego, se dirigió a Pedro -Muy bien hecho, puedes sentarte.

Margarita hizo un gesto, invitando a Lucía a irse con ella. No hubo preguntas, solo silencio, mientras recorrían el pasillo hasta un despacho. Allí había dos personas. Sin mediar palabra, le pusieron unas cartas en la mesa, las cuales tenían dibujos de diferentes objetos. Luego, las retiraron. 

-¿Me puedes decir los dibujos que recuerdas haber visto?

Lucía no sabía que tenía que prestar atención a las cartas. Explicó, no obstante, las representaciones que recordaba.

Margarita observaba a Lucía. Para ser una chica desobediente estaba inusualmente callada y estaba respetando el proceso sin cuestionarlo, al menos explícitamente.

-Puedes regresar a clase.

Lucía se levantó de su asiento y se marchó. Nadie la siguió. Caminaba despacio. No tenía prisa por volver a la clase. Estaba apunto de regresar a la Catedral cuando una voz la sorprendió.

-Me llamo Alejandro, ¿quieres ser mi amiga?
-Me llamo Lucía. Vale.
-Tengo una idea, ¿y si te llevo a un sitio muy chulo antes de que vuelvas con esa gente?

Lucía rió y asintió.

Alejandro asió de la mano a su nueva amiga y corrió hacia una pared, tocó varios ladrillos y se abrió una especie de pasadizo. Ambos siguieron corriendo por los caminos hasta llegar a una pequeña aldea como las que salían en los libros y películas, de calles sin asfaltar y trabajos manuales. Olía a tierra mojada, a madera, a fuego, pero no tenían frío ni calor. Lucía apenas se fijó en las personas vestidas como de otra época, simplemente siguió a su nuevo amigo.

Éste la llevó hasta una carpintería, donde un señor retocaba lo que parecía la figura de un caballo de juguete.

-Señor, ¿podemos quedarnos a mirar?
-Por supuesto que no. Venid y ayudadme.

Ambos se sintieron muy contentos. Principalmente observaron, ayudando en tareas menores, pero aquella fue una de las mejores excursiones de Lucía.

De repente, sonó un timbre.

-¡Vamos, corre!

Alejandro volvió a tomar de la mano a Lucía y echó a correr, regresó a los pasadizos y, en un abrir y cerrar de ojos, literalmente, Lucía se hallaba sola, frente a la puerta de la clase. 

-¡Volveremos a vernos!

Se giró, pero su amigo había desaparecido. Esbozó una tímida sonrisa. Había sido la elegida, por su nuevo amigo, para vivir una aventura insuperable, y eso no dejaba indiferente a nadie. No obstante, respiró hondo y entró en el aula con aparente normalidad.

Autora: María Beltrán Catalán (Lady Luna)


martes, 31 de octubre de 2017

Intocable

Eres un espejismo que se dibuja en mis sueños. Una ilusión que se confunde con el verdadero recuerdo, que tal vez no sea nada. Sé que fue real, pero ¿hasta qué punto de la historia? Eres intocable. Apenas puedo rozarte con el pensamiento. No existes, en realidad, pero tampoco desapareces. Al menos, no del todo. Y te echo de menos. Bueno, en el fondo, no sé qué echo de menos exactamente. Nada puede cambiar lo que es o no es. No tengo reproches que hacerme porque volvería hacer lo mismo si tuviera las mismas oportunidades. Con todas las consecuencias. Con todas las veces que me salvaste. 

No sé cómo debo sentirme. Ni siquiera sé si es bueno o legítimo verte a veces todavía, cuando te cuelas en un descuido, cuando duermo. 

Ni siquiera eres tú realmente. Eres la imagen que he creado de ti para salvarme la vida. 

Me siento confusa. Me gustaría poder abrazarte cuando apareces, aunque no seas más que un espejismo. Y otras veces quisiera... No, no puedo mentirme.

Quizá solo tenga que aceptarlo. Aceptarme. Y continuar.

Aceptar, tal vez, que mi memoria es un puzle de vivencias y fantasías, que no siempre controlo, y que no pasa nada. Que todo sigue. Y yo también.

Gracias, en cualquier caso, aunque no entiendas por qué... ni yo tampoco. Al menos, no del todo. Para mí, fue real.

Autora: María Beltrán Catalán (Lady Luna)

viernes, 25 de agosto de 2017

Lo que cuentan las palabras: ausencia, ayuda y paciencia

En el silencio de mi despacho, escuché lo que las palabras ausencia, ayuda y paciencia venían a contarme...

10. Ausencia

Terror, angustia, desesperación, dolor, silencio ensordecedor, grito desgarrador, ausencia. Los cristales han caído, los espejos se han roto y a mí me falta la esperanza.
Entonces tu voz me llama. No puede ser. Estás en coma. Pero sí, es tu voz. Me giro.
Eres tú. 
Lloro, lloro y te abrazo con todo el amor del mundo. Vuelvo a mirarte. Y sí, eres real. Mi más bella y despierta realidad. Tranquila, mi amor. Vamos a casa.

11. Ayuda

Él era un chico alegre, cariñoso, bueno y leal. Un día, todo cambió. Se alejó de todo, en especial de sí mismo. Por esconderse y defenderse de molinos de viento, atacó a quienes más le querían. Necesitaba ayuda, no lo admitía y no la pedía. Hizo daño y en su voz siempre fue víctima. Mintió y su boca ni se daba cuenta. Traicionó y se traicionó y lo convirtió en hábito de vida. Se quedó solo porque no se aceptaba a sí mismo. Y allí estaba, rodeado de personas en las que no confiaba, perdiéndose entre rencores por no abrir su corazón.

12. Paciencia

Y entonces oré: Señor, me presento ante ti con manos vacías, como la niña que confía en el Padre y en la Madre, a ciegas, sabiendo que está a salvo. Como la cananea que persevera con fe, humildad y paciencia. Con el amor más sincero y torpe del mundo. Me presento ante ti sabiendo que no tengo derecho a ello, pecadora como la que más, sabiendo también que me amas de todos modos. Dios mío, escóndeme en el corazón de tus llagas, en el perdón y el amor de la Cruz que nos redime y nos salva. 

Autora: María Beltrán Catalán (Lady Luna)

viernes, 9 de junio de 2017

Y él, con un monopatín

El viento ondeaba su cabello negro, el cual enmarcaba un rostro afable y usualmente sonriente. Podría haber sido hasta entonces, para él, un día tranquilo o ajetreado, suave o intenso; en cualquier caso, una jornada normal. Pedaleaba acompañado de dos amigos, cruzando la ciudad que le acogió cuando emigró buscando un trabajo digno acorde a su preparación académica. Sin embargo, había algo diferente en aquella calle. No pudo evitarlo, se detuvo y contempló la escena. Había terror, la armonía estaba en ruinas, como todo lo que toca quien vive, o más bien muere y mata, con el odio. 

La anciana todavía recordaba que una mujer gritaba. Yo, aspirante a periodista, tomaba nota veinte años después del suceso. Mencionó entonces la velocidad con la que aquel joven bajó de su bicicleta y se introdujo en aquellas tinieblas. No era presuntuoso. Allí no había público para aplaudir, solo un hombre armado atacando a una mujer, y él, con un monopatín, decidido a detenerlo. A sus amigos no les dio tiempo a reaccionar y ella, admitía, habría salido corriendo, asustada. Por eso, insistía, no olvidaría jamás lo que vio desde aquella ventana, protegida por la persiana que ocultaba su escondite pero no le impedía la visión.

Tuvieron que atacarle por la espalda otros hombres, continuó. Un acto mezquino, cobarde y criminal. No pudieron hacerlo de frente. Eran tres hombres armados contra un chico con un monopatín. Le asesinaron. La mujer necesitó hacer una pausa antes de proseguir, una pausa que respeté en silencio, conmovido.

Cayó al suelo, sí... pero con él se levantó el honor, la gloria y el verdadero poder, que es el servicio, en un ejemplo tan radicalmente acorde a sus convicciones religiosas. Desde entonces, incluso en las carreteras más solitarias suena más fuerte una caricia sobre el asfalto que un disparo, una caricia de ruedas de monopatín, brisa fresca y risas cómplices como las que él compartía con sus amigos. Incluso hoy, tantos años después, el eco del miedo tiene corto recorrido, frente al eco de un acto de inmensa generosidad y heroísmo como el que acabo de contarte.

Lo pagó con su vida, dije. Nos pagó con su ejemplo, me respondió.

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Este es mi humilde homenaje a Ignacio Echeverría, el héroe del monopatín en el atentado de Londres el pasado 3 de junio de 2017, que ha recibido hoy, 9 de junio de 2017, en España, la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil a título póstumo.

Que descansen en paz todas las víctimas mortales del terrorismo y se recuperen las víctimas heridas.
Que las familias encuentren consuelo.
Que el mundo frene el terror.
Nosotros somos ese mundo.

María Beltrán Catalán (Lady Luna)

domingo, 19 de marzo de 2017

Polvo y humo

Tiembla el suelo, relámpagos suenan por todas partes, el polvo y el humo inundan el aire. No puedo ver, ni oír, apenas puedo respirar. Tengo que encontrar a mi hermana. No sé cómo. Me agarra el pie. Ya no puede caminar. La tomo en brazos. Avanzo en cualquier dirección, sin saber qué sentido tiene. He de salir del ruido. Debo escapar del polvo. Nos pondremos a salvo.

Autora: María Beltrán Catalán (LadyLuna)

viernes, 10 de febrero de 2017

El valiente descalzo

-Nos hemos perdido. Y encima me he dejado un zapato por el camino, con mi calcetín. Me duele el pie.
-Sigamos adelante. En algún momento nos encontraremos, ya verás.
-Es inútil. Llevamos horas dando vueltas.
-¿Y qué propones, si no? Mira, allí parece que hay algo.
-Quiero irme a casa...

El sonido de las hojas secas retumbaban en el silencio de aquel laberinto. Armando seguía a Candela como un animal de compañía, sin plantearse por qué o para qué.

-Parece un túnel -exclamó ella en voz baja, con cierta expectación.

Aquella frase hizo reaccionar a Armando. Se trataba de un conducto creado con ramas, cuyo interior y destino eran desconocidos e inciertos.

-Yo ahí no entro, Candela.
-Pues ya nos veremos...

Candela se colocó a cuatro patas y se introdujo en el túnel. Escuchó la voz de Armando, frustrado y resignado, cada vez más cercana.

-Lamentarse solo te hace más infeliz, Armando. Disfruta.
-¿Y si nos come un animal?
-Al menos habrás disfrutado los minutos anteriores.

El resto del camino lo hicieron en silencio y a rastras, pues el espacio se redujo notablemente. Armando estaba al borde de un ataque de ansiedad cuando Candela chocó con algo metálico.

-¡Ay!
-¡¿Qué ha sido eso?!
-Armando, respira, solo me he golpeado con algo. Parece una rendija.
-Ay, Dios bendito...

Al cabo de un rato, Candela estaba cruzando al otro lado seguida por Armando. A ambos les latía el corazón vertiginosamente, hasta que, a rastras, llegaron a un lugar donde unas luces de emergencia les permitió vislumbrar dónde se hallaban.

-Estamos en un museo -dijo Armando.
-¿Quién anda ahí? -No reconocieron esa voz.

Candela y Armando se escondieron detrás de un dolmen, acalorados por el susto. Candela imaginó que sería un guarda de seguridad; en ese caso podrían explicarle lo sucedido y arreglarlo todo. Armando, sin embargo, que la conocía bien y no era tan confiado, cubrió su boca para evitar que articulara palabra. La chica se deshizo de aquel agarre, pero antes de que pudiera decir nada, Armando la abrazó. Aquel gesto fue tan desconcertante que no supo reaccionar, y fuera quien fuera quien estuviese ahí al otro lado, se marchó. Entonces Armando soltó a Candela.

-Bueno... -dijo ella, sin pararse a discutir lo que acababa de ocurrir, -salgamos de aquí.

Juntos buscaron una salida y no tardaron en encontrarla. Solo tuvieron que seguir las señales de "salida de emergencia". Sin embargo, al abrir la puerta empezó a sonar una estruendosa alarma que los sobresaltó. Los jóvenes salieron corriendo, dejando atrás unas voces masculinas que parecían alteradas y enfadadas. Corrieron con todas sus fuerzas, tanto que ni siquiera vieron a dónde se dirigían.

-¡Candela!

Un acantilado.

Armando sujetaba con fuerza a Candela, pero si no encontraba algún punto al que aferrarse, más seguro que aquella piedra y su pie, acabarían cayendo los dos.

-¡Armando!

Candela se sentía aterrada, notaba cómo sus manos se iban resbalando.

-¡No te sueltes, Candela, no me sueltes!

La joven lloraba, sabía que Armando no tenía la suficiente fuerza como para levantarla y que, si seguía resistiendo, podrían caer los dos al vacío. Sin embargo, sentía tanto miedo que no se atrevía a pedirle que la soltara. No quería morir, no todavía.

-¡NO! -gritó él.

Candela vio caer a su amigo sobre ella. El pie se le había salido del botín que le quedaba, perdiendo el agarre que los mantenía en tierra. Ambos gritaron con todas sus fuerzas, estaban perdidos, se había terminado.

Y entonces alguien agarró a Armando, y Armando, que no había soltado a Candela, se vio de nuevo elevado a tierra firme seguida de su amiga. Ambos se abrazaron, llorando.

-¿Qué hacíais aquí? -preguntó, tras unos instantes, el hombre que les había salvado la vida. Era un oficial.

-Nosotros, el museo, alguien... -intentaron explicar, entre sollozos y respiraciones alteradas.

-Estabais en el museo.

Ellos asintieron.

-¿Activasteis la alarma conectada a la puerta de emergencia?

Volvieron a asentir.

-Nos habéis ayudado a detener a unos ladrones que perseguíamos desde hace años.

El oficial ni siquiera les preguntó cómo habían entrado al museo, ni cómo habían llegado a él. Los llevó a una comisaría cercana, les ofreció una infusión, algo de comer y los llevó a casa.

Candela miró a Armando. Armando miró a Candela. Ya solo estaban ellos dos.

-Debí pedirte que me soltaras.
-No lo habría hecho.
-Tenía miedo -confesó.
-Yo también.
-No lo entiendes... Tuve miedo desde el principio. No lo manifiesto y sigo adelante por ti, porque quiero que te sientas seguro conmigo. Me hago la valiente pero luego, a la hora de la verdad, no fui capaz de ponerte a salvo de mí.

Silencio.

-Me has traído de vuelta a casa -dijo él, al cabo de un rato.
-Y tú me has salvado la vida -respondió ella.
-Eso cuenta como doble, así que le explicarás a mamá por qué regreso sin zapatos.

Candela rió. Armando se sumó a su risa. Volvieron a mirarse y, antes de llamar a la puerta, se fundieron en un fuerte y largo abrazo.

Por María Beltrán Catalán (Lady Luna)

viernes, 9 de septiembre de 2016

El lienzo de los recuerdos

Anna apoyó sus manos en los brazos de su butaca y se dejó caer suavemente. Luego, esbozó una sonrisa mientras su mirada se perdía en algún punto de la mesa que tenía justo frente a ella, llena de libros. Había pasado más de medio siglo y todavía lo seguía haciendo: aparecía sin más, como un eco de lo que fue y no llegó a ser, de las ganas que se quedaron paralizadas porque no había alternativa o, quizá, porque era lo correcto.

Ella sabía que la memoria no siempre recuerda los hechos tal y como ocurrieron, que siempre hay un tinte que depende de las circunstancias, emociones, experiencias y decisiones. Probablemente ensalzaba demasiado a una persona que no era más que eso, y en aquel entonces apenas un adolescente, pero jamás olvidaría los momentos más significativos que vivió con él y lo que significaron para ella. Del mismo modo, nunca sabría si él se acordaría de ella alguna vez, si sus tintes teñían de intensidad o difuminaban el lienzo de aquellos días que compartieron. 

Anna solo podía mostrar su lienzo y en él había un joven que le cautivó enseguida y sin esperarlo. ¿Tal vez fue con el primer beso lanzado al aire, en el teatro, a varias filas de distancia? Las risas que acompañaban los besos intercambiados lo transformó todo. Y ella, acostumbrada a la ciudad de la villa donde lo bueno podía gritarse a los cuatro vientos, no dudó en hacer lo propio al concluir el evento. Nadie le avisó de que aquello estaba prohibido en aquel lugar.

Suspiró largamente. No olvidaba las burlas, amenazas y los golpes, pero tampoco las miradas que, pese a todo, se intercambiaban. Ya no había besos, pero no importaba. Aquellas miradas traspasaban el alma. Fue un amor imposible vivido en secreto y en solitario, con una lealtad que nadie, salvo ellos, comprendían. Yo le quiero a él, había dicho en una ocasión a un galán que trataba de cortejarla, años más tarde. Él también a ti, pero no podéis estar juntos: vente conmigo. Aquel joven era apuesto, noble y alegre, pero no podía traicionarse a sí misma.

A veces conseguían verse a solas. En el lienzo había un lago de un azul intenso, quizá helado. Sabía que nunca fue lago ni al aire libre, pero así se sentía cuando estaba con él. Todo cambió cuando llegó con heridas de guerra sin ser soldado. Anna había representado ese "no me importa", pronunciado por él cuando ella supo todo, que el motivo del ataque había sido el descubrimiento de sus encuentros, con una lágrima envolviendo ambos cuerpos, cayendo y disolviendo el hielo sobre el que se hallaban. A ella sí le importaba; debía hacer lo correcto.

Se acabaron en ese momento las miradas, las risas a escondidas, las carreras para averiguar quién corría más rápido de los dos. Sus caminos tomaron direcciones diferentes y ya nada fue igual. Alguien podría pensar que ganaron los malos, aquella sociedad de mente sucia, cerrada y violenta, pero ella, en lo más profundo de su corazón, sentía que habían ganado los buenos: él la vida, y ella aquellos recuerdos que jamás desaparecerían de su memoria. Prueba de esto eran los sueños esporádicos en los que aparecían, ambos jóvenes, y se miraban toda la noche sin que nadie les dijera nada o les acusara por ello.

Si el sueño de esa misma noche tuvo algo que se saliera de lo común y había despertado en ella la sonrisa fue, precisamente, que a diferencia de los anteriores, realistas en cuanto a límites, en aquella ocasión fue un abrazo constante lo que sucedió entre ambos y no miradas a distancia. Sentía que había conseguido liberarse de aquellas cadenas, esas que le recordaban que no pudieron apenas rozarse en una caricia de consuelo. Se había reconciliado consigo misma, así como con aquel grito de amor al principio y aquella decisión de hacerle bien al más fiel de sus compañeros al final.

Anna, acercando su caballete adaptado a la altura de su butaca, añadió al lienzo un sol y unos tonos dorados que iluminaron toda la historia, dándole, quizá, un final diferente... o un sentido distinto. 

-Te ha quedado muy bonito, Anna, ¿lo has terminado?

Anna sonrió sincera y feliz, reacción inevitable cuando oía la voz de su amado esposo. 

-Quién sabe, mi amor. El lienzo de los recuerdos nunca deja de pintarse ¿verdad?

Carlos besó sus cabellos antes de coger uno de los libros depositados sobre la mesa y tomar asiento junto a su mujer.

-¿Te apetece que leamos algo, mi vida?

Anna hizo a un lado el caballete para poder ver mejor a su marido.

-¡Oh, me encantaría! 

-Y a mí me encantas tú.

Tomaron sus manos. Él empezó a leer, mientras ella le miraba con el amor de quien se entrega con el alma, de quien agradece cada día que pueden pasar juntos con esa facilidad tan maravillosa que bien podía ser parte de un mágico cuento de hadas, pero era real. Mágicamente real. Y quizá por ello no pintaba en lienzo la historia de amor que compartía con su marido, porque la estaban recorriendo juntos, viviéndola apasionadamente desde hacía más de treinta años, como un libro que sigue escribiéndose y al que aún le quedara mucho por contar...

María Beltrán Catalán (Lady Luna)

martes, 12 de julio de 2016

Porque era tarde

Anoche llamó a mis brazos desde el otro lado de la habitación, mientras la recorría en diagonal para alcanzarme; acababa de llegar de trabajar, así que miré el reloj, impaciente, porque ya era tarde. Pronunció mi nombre con un amor que no cabe en este renglón, pero yo miré el reloj... porque era tarde. Levantó sus manos con ese aura infantil lleno de ternura que la envuelve y yo, sin embargo, miraba el reloj porque era tarde. Ni siquiera me perdí en su mirada del color de la tierra mojada; estaba mirando el reloj porque era tarde. Noté su beso en mi mejilla y supe que se había subido a una silla para ponerse a mi altura, pero yo, que miraba el reloj, le dije que ya era tarde.

Melting Watch, Salvador Dalí
Anoche se escondió al apagar las luces en el otro lado de la cama y empezó a hacerme cosquillas. Me enfadé, la reñí, miré el reloj y le recordé que era tarde. Susurró un "te quiero, papá" y mi respuesta fue "tengo que dormir, mañana madrugo".

Hoy, por el contrario, que estoy jubilado, he aprendido no sin dolor que las horas no están para contarlas. He roto mi reloj, lo he tirado lejos porque ya no lo quiero. Sin embargo, ella ya se había comprado uno, el cual le recuerda cada día, como a mí entonces, que no queda tiempo. 

Hoy no rechazaría sus brazos, no apartaría la vista de sus ojos marrones, le devolvería mil besos y la llevaría entre risas a dormir a su habitación, pero ya mi hija no es aquella niña, ni yo fui en aquel entonces el hombre que soy ahora. Hoy espero su voz pronunciando mi nombre al otro lado de la puerta, su risa traviesa y su canturreo incansable. Espero con un sí todo aquello a lo que dije que no... Pero quizá, ahora sí, sea demasiado tarde.

María Beltrán Catalán (Lady Luna)

domingo, 5 de junio de 2016

La llave

Key #7, pintura deTodd Bonita
El anciano encontró la llave. Contempló a su nieto, cerró y apretó sus manos. El niño dormía plácidamente mientras utilizaba la llave a modo de peluche. El anciano parecía debatirse entre alzar la voz y despertarle con un grito, arrancarle la cadena de bisutería de repente o golpear la pared hasta que ésta se derrumbara y él consiguiera tranquilizarse. Optando por la última de las opciones, el ruido hizo que su hija se apresurara a aparecer por la puerta del dormitorio.

-Padre, ¿qué ocurre?
-Ese niño al que tú llamas hijo y yo llamo nieto me ha quitado... -dio un nuevo golpe -mi llave. Otra vez.
-Respira, padre, como hemos practicado otras veces -dijo ella, acercándose con la ligereza de una gacela a su padre para tomar sus manos y mirarle a los ojos.
-Es mi llave.
-Lo sé, es tu llave... ¿y qué abre?
-Mi mueble.
-¿Y qué hay en tu mueble?
-Todo.
-No, padre, responde a mi pregunta.

El anciano se zafó de su agarre con brusquedad y se puso de perfil. Tenía la respiración acelerada, como el pulso, las manos doloridas y la necesidad de abrir aquel mueble.

-Padre, mírame a los ojos -insistió con dulzura.

Pero el anciano no dijo nada. Caminó hacia una silla y tomó asiento, no sin dificultad.

-Quiero mis licores, niña, y mi tabaco. Quiero mis películas. Mis cosas. Mis vicios. ¿Es tan difícil de entender? Es lo único que me queda.
-¿Eso crees?
-¿Qué tengo, si no? -respondió él, de manera más agresiva.
-Le tienes a él, padre -dijo, señalando a su hijo. -Él aún piensa que puedes recuperarte y ser un buen abuelo.
-Moira, sabes que lo he intentado y no puedo, ¡no puedo! Porque en el fondo no quiero.
-¿Eso crees? Padre, lo que te ocurre es que te da miedo enfrentarte a quién serías sin la máscara y la evasión de todos esos vicios. Pero no deberías temerle. Yo conocí a ese hombre, una vez, cuando era niña. Me enseñó a montar en bici, ¿sabes? Bailaba conmigo, jugaba conmigo... y siempre estaba riendo. Tenía ganas, ideas. Era fuerte. Le recuerdo feliz. A ti, sin embargo, te veo triste. Eso es algo que se ve a través de cualquier disfraz que te pongas... -Moira alzó las manos separando y extendiendo los dedos y abrió los ojos -Así que lo siento -las bajó y relajó su expresión -pero estoy del lado de mi hijo.

El anciano miró al niño que dormía en la cama, la cual había sido, en tiempos pasados, de su hija. Éste se movió y despertó poco a poco. Lo que al principio parecía ser una lucha entre el sol y las ganas de seguir durmiendo, terminó siendo un despertar diferente. Raúl siempre se levantaba siguiendo una estricta rutina que le acompañaba hasta la hora de volver a dormir, pero aquella vez fue diferente. El joven no se dirigió al cuarto de baño, como de costumbre, sino hacia su abuelo. Agarró la llave que llevaba colgada al cuello y le miró a los ojos con fijeza.

-¿De verdad es esto lo que quieres, abuelo? -Moira tradujo el silencio y la expresión de su hijo.

El anciano dijo que sí antes de pensar, de asimilar la pregunta que le estaba haciendo su nieto.

Moira nunca supo si se trató del efecto de algunas de sus pastillas sin la mediación del alcohol o porque, por un momento, había recuperado a su padre. Tampoco sabría si aquel abrazo que le dio a su nieto le nació sincero o del orgullo que le impedía llorar delante de un niño. Sin embargo, ocurrió.

Antes de que Raúl se quitara el colgante, Kim le abrazó, gesto que el pequeño no rechazó, y Moira pudo ver una lágrima recorriendo los surcos de las mejillas de su padre.

Autora: María Beltrán Catalán (Lady Luna)

miércoles, 25 de mayo de 2016

Tiemblan las paredes

Olivo. Pintura de Elidon Hoxha

Tiemblan las paredes de mi habitación, tiritan de frío los recuerdos; éstos, asustados, corren al presente en un intento desesperado de detener lo que no tiene remedio.


Qué amargo es el sabor de la urbanización innecesaria de zonas verdes. Esos olivares que ya no existen, pero estuvieron ahí, en los que me subía con amigos para conversar tranquilamente, para reír, jugar o contemplar la luna entre pequeñas ramas y aceitunas. Ahora sólo queda asfalto, un centro deportivo y edificios vacíos, fríos y desolados. Abandonados. Una realidad ya asumida, por la que paso de lado para que no me roce la nostalgia. Sin embargo, ahora es diferente, hoy tiemblan las paredes de mi casa.

Inmensas máquinas expertas en destrucción y borrado arrancan los olivos que me vieron crecer, con los que compartí momentos de alegría, de tristeza, de admiración y frustración. Esos escondites de piedras preciosas que no eran más que piedras amarillas, de tierra. Esos caminos por los que corrían los perros, mi Duna. Ese cementerio de amistades peludas más allá del tercer olivo...

Ya no queda nada. La copa de los árboles están en la tierra y las raíces en la superficie. Ya no hay coordenadas para localizar aquellos lugares especiales que solo quienes vivimos aquí, al otro lado del muro que separa nuestra casa del parque de olivos, conocemos. Los gorriones, desahuciados, han buscado refugio en los vestigios verdes que quedan todavía en los jardines de las casas vecinas. Pían sin descanso.

Tiemblan las paredes de mi habitación, tiritan de frío los recuerdos; éstos, asustados, corren al presente en un intento desesperado de detener lo que no tiene remedio. Y duele, sí. Es como una espina que se clava en el corazón y que repite incansable que ya no podré volver allí, que ya no es nuestro parque de atrás, el de los perros, el de los paseos, el de recogidas de aceitunas, el de los recuerdos que se hacen.

Ya no. Ahora, los recuerdos son para recordar, no para ser creados. Al menos allí, donde pronto solo habrá asfalto, donde ahora sólo hay ruido, temblores de una tierra que no comprende, de unos cimientos que saben que pierden la otra mitad de sí mismos.

Escrito el 23 de febrero de 2016.
Por María B. C. (LadyLuna)

martes, 3 de mayo de 2016

A viva voz

-¿Por qué lo gritas?
-Porque es algo maravilloso. ¡Tiene que enterarse el mundo entero!
-Estás loca.
-¡Y soy feliz!

Carlos rió. Había sido tan repudiado, excluido y olvidado en el pasado que había aprendido a contentarse con esos gestos secretos de simpatía en los pasillos, pasajes y escondites. Sin embargo, qué bien le sentaba que alguien no se avergonzara de él, que sonriera con esa naturalidad y que fuera capaz de decir, a viva voz, que le quería.

-Gracias, Anna.

Pero ella ya estaba corriendo hacia el mar para luego huir de las olas que llegaban a la orilla.

-¿No vienes? -exclamó Anna.

Y entonces él, que nunca había alzado la voz...

-¡Adonde tú vayas, iré!

Y Anna, que había recibido más insultos que palabras amables a lo largo de su vida, se adentró en el agua, feliz de que alguien no sintiera miedo ni repudio hacia ella. Dichosa, porque había encontrado un amigo, un nuevo amigo, en alguien que ya conocía.

sábado, 3 de octubre de 2015

Un día de tormenta

Aquella tarde había tormenta, así que el pequeño Arturo contemplaba enfurruñado, con el rostro muy cerca del cristal de la ventana, la lluvia y los truenos, la hierba mojada, el columpio empapado y los árboles estremecerse.

-¿No te gusta el agua, Arturo? -preguntó con dulzura maternal su abuela, doña Josefa.
-Así no se puede salir a jugar -se quejó, girándose para mirar a su abuela. Vestía con un delantal nuevo que le habían regalado por su cumpleaños número ochenta y llevaba magdalenas recién hechas en una bandeja. Olían muy bien. -¿Las de limón?
-Así es, tus favoritas.
-¡Bien!

Doña Josefa sonrió. Su nieto era un chico alegre, feliz con cualquier detalle pequeño, pero como todos los niños, también tenía facilidad para enfadarse o entristecerse.

-¿Sabes, Arturo? Hay algo muy importante, lo más importante del mundo -empezó ella, sentándose junto a su nieto y colocando la bandeja en la mesa. -Y ese algo, lo he escondido en un sobre. Oculto, porque es muy muy valioso. Sólo las personas sabias pueden descifrarlo.

Arturo se había olvidado de la magdalena que tenía en la mano a medio comer. Su abuela le estaba hablando de un tesoro y él iba a encontrarlo.

-Nadie sabe dónde está, porque era mi misión protegerlo y ya no recuerdo dónde lo he guardado.
-¡Yo lo buscaré! -Exclamó Arturo con entusiasmo, levantándose. -Pero... ¿por dónde empiezo?
-¿Qué tal si hacemos un plano de la casa, con todos los lugares donde pueda estar, y así vas marcando los sitios que ya hayas revisado?
-¡Buena idea! Hoy he dado algo en matemáticas sobre las escalas, voy mirar el libro para hacerlo.

Doña Josefa contempló con media sonrisa la curiosidad y motivación de su nieto. Sus maestros y otros familiares decían que no le gustaba estudiar, pero... ¡disfrutaba tanto aprendiendo! ¡Y era tan inteligente!

-Ya está, abuela, ya está hecho, mira.

Arturo le mostró su plano. Estaba bien ejecutado para su edad, aunque su abuela, con dulzura, le sugirió algunas modificaciones y adiciones. Arturo las introdujo con decisión y emprendió su búsqueda, lápiz y linterna en mano.

En algunas habitaciones, doña Josefa había escondido pistas, las cuales sólo se desvelaban si pasaba las pruebas. Había muchas y de distintos tipos: preguntas sobre historia, sobre conocimiento del medio ambiente, sobre lengua, sobre literatura... y, aquello que no sabía, Arturo lo buscaba entre sus libros del colegio.

Desde que doña Josefa le había contado aquella historia hasta que Arturo regresó con una pequeña cajita de madera, pasaron más de tres horas y media, casi cuatro. Arturo se sentía agotado pero satisfecho. Había resuelto todos los acertijos y encontrado el sobre de su abuela, el que contenía el tesoro, el secreto más importante del mundo.

-Anda, Arturo, ¿no lo has abierto aún? -preguntó su abuela.
-El sobre es tuyo, tenemos que abrirlo juntos. Me has ayudado con el plano.

Doña Josefa rió antes de coger la cajita y abrirla. Entonces, abierta, se la dio a su nieto para que tomara el sobre e hiciera los honores. Arturo, nervioso, lo abrió y...

El sobre estaba vacío.

-Abuela, ¿te lo han quitado? -preguntó, realmente preocupado.
-No, cariño -respondió con ternura. -Ese es el tesoro. Sólo yo puedo descifrarlo y, ahora te voy a decir a ti el secreto. Eso significa que no te puedes olvidar de él, ya que cuando seas mayor y le toque a otra persona cuidarlo, te tocará hacer lo mismo que he hecho yo contigo.

Arturo miraba a su abuela muy intrigado.

-En este sobre hay algo invisible, que nadie ve, pero que está contigo, y son tus acciones. A lo largo de nuestra vida, nos dicen muchas palabras, algunas bonitas y otras no tanto, y a veces nos creemos las palabras menos bonitas y nos desanimamos. ¿Te gusta estudiar, Arturo?
-No se me da bien... -respondió.
-De eso trata este sobre. Trae tu cuaderno de actividades.
Arturo obedeció. Su abuela lo abrió por la página de los deberes correspondientes al tema siguiente y se las mostró.
-¿Te suenan, hijo mío?
-No...
-Léelas, Arturo, y luego me respondes.

El joven, a desgana, hizo el esfuerzo. Entonces, sus ojos se iluminaron.

-¡Son los acertijos!
-Así es, Arturo.
-Sé hacer los deberes, se me dan bien... ¿es eso?
-El secreto, Arturo, es que no importa lo que piensen o digan, o lo que pienses o digas de ti. Lo importante es lo que hagas: con tiempo (paciencia), esfuerzo, pasión y alegría puedes conseguir lo que te propongas.
-Incluso divertirme en un día de tormenta.
-Incluso eso.

Arturo abrazó a su abuela tiernamente. Había dejado de llover.

Autora: María Beltrán Catalán (Lady Luna)
Todos los textos de este blog pertenecen a la misma autora.

domingo, 27 de septiembre de 2015

¡Estoy aquí!

Golpeo con rabia los renglones en blanco, las cuadrículas de este cuaderno que me impiden salir de estas letras que ya no existen. Siento el dolor de tu alma, que grita en silencio, sin fuerzas ni ganas, porque ya está cansada. Conozco los recovecos de tu mente, pero ha cambiado y no encuentro el camino. Ya no me ves, ya no me sientes, ya no me lees, ya no me creas... ni me crees. Doy patadas contra la inspiración y la voluntad de tomar el lápiz por si con ello consiguiera su atención, pero continúas distraída. ¡Estoy aquí! ¡Estoy aquí! Sé que me quieres, sé que me necesitas, y yo estoy aquí, aquí, que es como estar en ninguna parte...

© María Beltrán Catalán (Lady Luna)

miércoles, 14 de enero de 2015

Si aún te quieres quedar

-¿A qué te refieres?
-Lo siento, yo...

Había podido sentir la daga imaginaria que cruzaba su pecho, el mar de agua helada cayendo sobre ella, roca pulida hasta convertirse en un insignificante grano de arena. El corazón encogido, el alma alerta y los ojos abiertos, así contemplaba Elena a quien había sido su mejor amigo durante tantas emociones y tantos secretos. Las palabras comenzaban a fluir en su cabeza en medio de la tempestad en la que se encontraba en aquellos momentos: no podía ser verdad, tal vez solo se trataba de un mal sueño, de una pesadilla de esas que reúnen los peores temores para hacer sufrir a quien ose dormirse. Pero ella estaba despierta.

-Estás de broma -alcanzó a decir con un hilo de voz.

Carlos alzó la vista al techo de la habitación, decorada con estrellas blancas y una luna creciente. Apretó los labios y logró contener las lágrimas antes de bajar la mirada y dirigirla hacia su compañera. La realidad y la ficción no se distinguen cuando se trata de sentimientos.

-Es mejor así...
-¿Mejor para quién? -increpó ella.
-Mejor para ti, Elena.

Carlos alzó su brazo para deslizar sus dedos por su cabeza. Elena le miraba y le veía, le escuchaba, le sentía, ¿cómo era posible que él...? No. Y si así fuera no tenía intención de aceptarlo. Él era su mejor amigo, su compañero, su secreto favorito, su vía de escape. No podía irse.

-A quién quiero engañar... -Carlos abrazó a Elena con lágrimas en los ojos. -Te quiero, Elena, por eso existo y por eso me voy. Necesitas demostrarte que puedes caminar sola. Ya no... ya no te hago falta.
-¡Claro que no te necesito, Carlos! -Gritó ella, deshaciendo el abrazo y sosteniendo su cabeza, obligándole a mirarla a los ojos. -Pero te quiero a mi lado. Siempre ha sido así, no tiene por qué cambiar.
-Elena, yo no soy real... 

Elena rompió en llano, derrumbándose por fin, cayendo de rodillas al frío suelo que les sostenía de caer aún más profundo.

-No me importa, Carlos, no me importa nada...

Carlos se arrodilló junto al amor de su vida, de su existencia. Acarició los cabellos de quien le había creado con amor, imaginación y dulzura con manos de niña. Había sido testigo del paso de las primaveras, sabía que aquel momento llegaría desde el principio mas su negativa a aceptarlo le llevó a pensar, igual que ella deseaba, que sería para siempre.

-Iré desapareciendo. Eso significará que serás feliz... en tu vida de verdad.

Elena seguía llorando, pero se esforzó en levantarse para dirigirse a la cama y acostarse en posición fetal, abrazada al peluche que tantas noches había calmado sus temores.

-Carlos...
-Dime, mi reina...
-Si aún te quieres quedar...

Carlos apretó los puños. Claro que deseaba quedarse, en ese mundo en el que todo era perfecto porque solo se hallaba ella, en sus brazos y en la sonrisa que siempre conseguía que brotara al cesar las lágrimas. Si amaba la vida debía amarla a ella.
Elena continuó.

-Si aún te quieres quedar... puedo inventarme todas las razones que necesites.

Carlos abrazó a Elena con una sonrisa mojada ante la broma, pues no había sido otra persona sino ella quien le había inventado también a él. Elena se dejó hacer, comprendiendo que quien le había salvado la vida durante tantos años había culminado su misión.

-Nunca me iré del todo, lo sabes ¿verdad?
-Pero nunca será lo mismo.

Ana, hermana de Elena, contemplaba desde la puerta del dormitorio a quien tantas veces había oído hablar sola, convenciéndose a sí misma sobre la idea de seguir hacia adelante, pese al dolor, pese a las adversidades, escuchando una voz siempre ajena para Ana, para todos los demás. Tras unos instantes de silencio, se acercó a su hermana y acarició su brazo con ternura. Desvió la mirada a la mesita de noche, donde reposaban las conversaciones que sólo Elena entendía, y suspiró.

-Gracias, Carlos, por cuidar de mi hermana. 

Elena se giró y abrazó a Ana, sintiéndose comprendida por primera vez.

Autora: María Beltrán Catalán (LadyLuna)

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Notas del recuerdo

El sol lucía sus últimos suspiros cuando caminaba de regreso a casa, tras el largo paseo en solitario que había realizado aquella tarde. Se trataba de unos de esos días en los que echaba de menos a todo el mundo, incluso a mí misma. Buscaba también, en el ruidoso silencio de mis pensamientos, un motivo, una razón, aunque no sabía bien para qué.

Crucé Tetuán y la Plaza Nueva de Sevilla. El sol ya se había marchado, como la mayoría de la gente, como si las estrellas y la luna no ofrecieran luz suficiente, magia suficiente. Y entonces oí el sonido de su violín.

Era fácil distinguirle entre los demás músicos de calle. Mecía las notas con la misma suavidad con la que éstas tocaban el corazón y la mente de quien pudiera escuchar. Sonreí y me sonrió. Había olvidado cuántos meses llevábamos saludándonos desde lejos y las tardes que había pasado frente a él dejándome envolver por su música, pero él pareció recordar algo y, enseguida, empezó a tocar aquella melodía que tanto me gustaba en su violín.

Las luces, la gente, los edificios e incluso la calle, todo desapareció. Sólo estaba él, con su violín, y yo con los ojos cerrados y el alma abierta. Al terminar me miró. Yo estaba conmocionada.

-Pero no te pongas triste -dijo, preocupado, con su acento extranjero.
-No estoy triste -respondí tratando de retener las lágrimas, con éxito. -Gracias.

Ese mismo chico recogió sus cosas y me acompañó a la parada de autobús. De unos euros que había ganado, dio la mitad a un señor que hacía ceniceros y marcos con latas de refresco alegando que "él también tenía que comer". Me escuchó y le escuché, y aprendí tanto que no podré olvidar aquella tarde, ni querría.

Hará ya unos seis años de aquel día. También hace seis años de aquella tarde en la que estuvimos hablando tanto tiempo que, ni él pudo ganar lo que quería ni yo pude comprar el regalo de cumpleaños que buscaba. Y pidiéndole disculpas mil veces cuando nos dimos cuenta, no sólo no le dio importancia, sino que sacó una pulsera preciosa y me la dio "por si no encuentras nada mejor, para tu amiga".

Y perlas así. Esta es la melodía que tanto me gustaba y me gusta, y que tocaba cada vez que me veía: A time for us, de la BSO de Romeo y Julieta.

Aún recuerdo, también, a esas personas que alguna vez me han dicho "ten cuidado con "esa" gente", "¿no te da "miedo" juntarte con "ese tipo" de gente?" y mis respuestas... "el mismo miedo que me da estar contigo ahora, lo único que te diferencia es que has tenido más dinero y probablemente una vida más fácil que él".

Aprovecho, aunque ninguno de ellos pueda leerme, para recordar a Igor, Lidia, Joaquín, Antonio, Ángel, Patricia, Philiph y a todas esas personas, tantas veces invisibles, que tantas veces me han devuelto la vista.

María Beltrán Catalán (LadyLuna)

viernes, 5 de septiembre de 2014

Antifaz

Elisabeth sostenía con sus carnosos labios una horquilla mientras se contemplaba el cabello en el espejo. Aquella vez lo llevaba recogido en un moño no muy a la moda de la época, con dos mechones rojizos adornando su rostro firme y blanquecino. Sus ojos verdes tenían un brillo que gustaba entre los hombres pero no entre las mujeres. A lo largo de su vida, había formado parte de distintos grupos sociales en el baile; sin embargo, su negativa a disfrazarse no agradaba demasiado a quien lideraba esos grupos. Algunos fueron realmente maravillosos; otros, sencillamente, trataron de destruirla. Esbozó una sonrisa cuando su cabello quedó a su gusto y salió de su habitación, dispuesta a llevar a cabo su último movimiento en aquella partida.

La joven caminó por el pasillo y bajó por la escalinata de mármol con paso tranquilo y seguro, buscando con la mirada al último grupo al que había pertenecido. Sus disfraces de corte realista le habían llevado a la confusión, pero los ataques de los líderes, al principio imperceptibles y, tras un par de años, directos, le mostraron la realidad. Excluida y perdonada por haber dado una opinión diferente a los jefes, había regresado, aunque no del modo que ellos esperaban.

Una leve inclinación de cabeza como señal de saludo inició de nuevo la partida. Los líderes no se lo esperaban, ¡estaba en jaque! Lo común es que dejara de jugar y se limitara a obedecerles. Elisabeth les dedicó una dulce sonrisa antes de hacer un movimiento en el tablero de ajedrez, dando jaque mate al rey contrario. Los jefes se enfadaron, incluso aquel cuyo disfraz había sido más realista, dejó ver el antifaz bajo el cual guardaba su verdad. La joven sonrió nuevamente, se levantó y se marchó del grupo, mas no del baile. 

Elisabeth, quien había acostumbrado a moverse sola por el baile al considerarse bastante independiente, no tardó en encontrar y reunir a personas que, como ella, habían renunciado a llevar disfraz en la fiesta, el baile, la vida. Más de una vez había creído ser la única; descubrir lo contrario supuso para ella un empuje de energía. Bailó toda la noche, vivió toda la vida.

Los líderes de aquellos grupos que habían tratado de destruirla, a veces, iniciaban campañas contra ella. Elísabeth no competía, para ella la partida había terminado y no tenía intención de retomarla. La vida, al fin y al cabo, es eso, un baile de máscaras en el que algunas personas van con el rostro al descubierto, exponiéndose a la ira de quienes no soportan la autenticidad y la libertad de las personas. Elísabeth aceptó la copa que le ofrecía Iván, uno de sus amigos, y brindó con ellos, recordando aquel proverbio que decía  que el martillo siempre golpea al clavo que sobresale.

La sociedad, no importa la edad ni la época, no está preparada para la diferencia; quizá porque la falsa y forzada igualdad facilita el estudio y control del mundo, de cualquier contexto social; o, tal vez, porque aún no se ha dado cuenta de que esa diferencia es innata, natural, incontrolable, impredecible e indestructible, porque nunca dejó de ser real.

Autora: María Beltrán Catalán

jueves, 1 de mayo de 2014

Amor sin calendario

La primera vez que la vio, estaba sentada en una butaca frente a la puerta de su piso leyendo un libro. Llevaba la nieve por sombrero, sin ocultar el invierno de quien ha vivido todas las estaciones. Vestía una elegante prenda elástica que se ceñía al torso de su figura y dejaba más a la imaginación la silueta de sus piernas. Los rumores hablaban de una mujer soltera, no viuda, que desafiaba la decencia contrariando la apariencia que se esperaba de una mujer de más de ochenta años. Ella, sin embargo, hacía caso omiso de esas lenguas y seguía siendo ella: sin tintes, sin maquillaje, sin vestidos de colores oscuros ni zapatos con los que no podía andar sin lastimarse. Asistía a clases de baile, reía con otros hombres y, luego, como siempre, regresaba a su hogar donde la paz y un animal de compañía aguardaban pacientes su regreso. En un pueblo se sabe todo, pero para él, ella continuaba siendo un misterio.

Aquella noche, todo fue distinto. Cuando Vicente salía a pasear con la brisa nocturna y pasó por su calle, la butaca estaba vacía y a sus pies no se encontraba el pastor alemán que, también canoso, convivía con ella. Prosiguió su camino y, los rumores, como siempre, lanzaron hipótesis en forma de afirmaciones sobre su estado. Escuchó que se encontraba indispuesta, que había enfermado, que unos hombres habían venido a recogerla para institucionalizarla... De regreso, Vicente se detuvo frente a la puerta de su enigma, preguntándose, haciendo filosofía sobre si no se estaría comportando como las demás personas del pueblo, curioseando y juzgando vidas ajenas, comentando sucesos imaginarios. Alzó la mirada y encontró en el océano celeste una luna llena, radiante. Gracias a ella había podido pasear por el sendero de montaña que no se hallaba iluminado con farolas. Su mente divagó largo rato por recuerdos y escenas que nunca habían ocurrido. Fue un sollozo lo que hizo despertar a Vicente de su ensoñación. Provenía desde el interior de la casa, no tenía derecho a invadir la privacidad de aquella señora, pero la puerta abierta fue tentación suficiente para que Vicente subiera los escalones con su bastón y llamara con dos golpes suaves de nudillo.

Jamás hubiera esperado encontrarse con aquella visión. El cabello, despeinado como siempre, se encontraba húmedo como nunca. Y ella, hermosa como siempre, se hallaba sentada en una silla de ruedas. El animal apoyaba su cabeza en la rodilla de su dueña cuando ésta se percató de la presencia de un extraño. Apartó entonces al animal y, furiosa, pidió soledad. Pero Vicente no quería irse, no quería hablar de ella, no quería saber lo que le había ocurrido; llevaba años contemplándola como un ángel inalcanzable y en ese momento ella se sentía triste.

−Me iré, si es lo que deseas –respondió, no obstante.
−Ya puedes ir a contar por ahí que un coche conducido por un joven que acababa de salir de una fiesta me atropelló, que ya no habrá bailes, ni risas, ni salidas. Diles que seré como ellas, una más cuya única diversión es hablar sobre la vida de las demás.
−Ellas no te conocen.
−No, no me conocen.
−Tú tampoco a ellas.

La mujer rompió a llorar, cubriendo con sus manos el rostro más hermoso que había visto Vicente en su vida. Habría besado sus lágrimas siguiendo el sendero de sus arrugas, pero no era ese el momento para pensar en sí mismo.

−No pretendía...
−¡Maldita sea! Mi vida no tiene sentido.

Vicente cruzó el umbral de la puerta con su bastón, entrando en la casa de aquella señora. Nunca se le había dado bien hablar con mujeres, ni siquiera con los hombres. Educación es lo que le habían enseñado, nada más. ¿Qué podría consolar a alguien que ha perdido aquello que le hacía feliz? Entonces recordó a su esposa, fallecida por la terrible enfermedad del cáncer hacía décadas.

−Eres la misma persona que hace una semana leía un libro en su butaca, con su vestido elegante... La vida no nos ha sido fácil, pero hemos sobrevivido a muchos cambios inesperados en nuestros días. Eres más fuerte que esto. Seguro que hay cosas que te gustaría hacer y no las has hecho todavía; ahora tienes la oportunidad.

La mujer miró al hombre. Llevaba un traje de chaqueta y un sombrero, como todos. Qué sabría él sobre su fortaleza, sobre oportunidades cuando se pierde algo que se ama, como las piernas, como una amiga... Vicente pensó que quizá ella no se habría enfrentado a grandes pérdidas, como un hermano, como el amor de toda una vida, pero decidió no emitir juicio. Ella, sin embargo, pareció ponerle a prueba.

−¿Ah, sí? ¿Y si eso que me gustaría hacer es subir a la montaña para ver las estrellas, sin luces artificiales, sin mentiras ni etiquetas?

Vicente dudó sobre si hablaba realmente de las estrellas o se trataba de una alegoría sobre algo distinto: la gente, él, o incluso ella misma. 

−¿Es eso lo que quieres? ¿Ver las estrellas en la montaña?
−Sí, todas las noches. A partir de hoy. Y, mira por donde: no puedo. Ya puedes irte.
−¿Y si te contradigo? ¿Si te digo que sí puedes?
−¿Me vas a llevar? ¿Un viejo con un bastón? –rió despectiva. –Venga, por favor...

La mujer observó al hombre marcharse sin decir palabra. Otro como tantos. Palabras vacías, burlas encubiertas con una capa de educación e interés. Ana del Rosario no salió a su butaca en las noches venideras; tampoco se vio a Vicente pasear por el pueblo. Los rumores volvieron a la carga, esta vez también por él. La mujer, sin embargo, fingía no interesarse por la vida exterior. Alimentaba a su pastor alemán, pedía por teléfono la compra y se había olvidado de la pequeña flor de su maceta, que siempre había adornado su ventana. Sobrevivir, eso era lo que le tocaba.

Pasaron semanas, quizá meses. Ana del Rosario había dejado el calendario sin usar desde el fatídico día. El reloj de la cocina se había quedado sin pilas, pero tampoco le importó. Contar el tiempo ya no tenía sentido. Nadie sobrevive a la muerte y había asumido que ese momento llegaría más pronto que tarde. Ni siquiera supo que acababa de cumplir ochenta y dos años.

Una noche, sin embargo, un golpe en la puerta sobresaltó a Ana del Rosario, que abrió la puerta y se sorprendió al ver allí al hombre de la otra noche. Éste dejó a un lado el bastón, se colocó tras ella y empujó la silla con suavidad al exterior de la casa. 

−¿Qué haces? ¿A dónde me llevas? No me he duchado, huelo mal.

Vicente hizo caso omiso a las quejas de Ana del Rosario. Había estado ejercitándose y practicando para poder cumplir aquello. En silencio, caminó por las calles empujando la silla de ruedas, ignorando los comentarios de las vecinas y vecinos. El pastor alemán caminaba junto a su dueña, fiel como el mejor de los amigos. Al cabo de media hora, sentía los brazos cansados, pero era más fuerte su voluntad y no desistió. Ana del Rosario se dejaba llevar en silencio, llegando a colaborar en el paseo con sus manos cuando percibió el esfuerzo en el hombre.

−Ya casi hemos llegado.

Se salieron del camino y se dirigieron a la más pequeña de las montañas. Un monte en el que alguien había habilitado un camino liso. Vicente prendió una linterna. Ana del Rosario agradeció la presencia de su compañero animal, ya que la noche en un bosque junto a un extraño parecía sacada de una novela de suspense o de terror. Él le daba tranquilidad, pese a las veces que se había repetido que su vida ya no tenía sentido y, por tanto, no debía temer nada. Vicente, por su parte, agradeció que la mujer no rechazara el paseo ni el desvío, sino que se dejara llevar por él, ya que de lo contrario no habría podido enseñarle lo siguiente...

Ana del Rosario se frotó los ojos cuando llegaron a una explanada, tras haber pasado un rato subiendo por el camino de madera. Alguien había colocado pegatinas brillantes con forma de estrellas y lunas en los árboles que rodeaban el claro.

−¿Pero qué...?
−Mira arriba –interrumpió el hombre.

La mujer obedeció y fue testigo del paisaje más hermoso que había contemplado en su vida. Puntitos blancos parpadeaban a lo lejos, en la inmensidad de un universo en el que también estaba ella, en el que también estaba él. Bajó la vista y observó las pegatinas. El hombre se sorprendió cuando la escuchó llorar.

−Pe-perdona, no quería... yo pensé... –empezó, nervioso, mientras sacaba un pañuelo de su bolsillo y se lo ofrecía a la mujer, situándose frente a ella. –Te llevaré de vuelta y no volveré a molestarte.

El perro emitió un ladrido y Vicente se dispuso a colocarse de nuevo tras la silla, para devolver a Ana del Rosario a su casa, pensando que aquella idea había sido un error. Sin embargo, la mujer agarró su mano y clavó sus ojos azules en los suyos, marrones como la tierra mojada. Ana del Rosario observó por primera vez al hombre, al intruso, al extraño. Tendría unos setenta y cinco años, el pelo cano peinado hacia atrás, el sombrero a juego con el traje, esta vez sin corbata y esta vez con botines. Olvidó por primera vez la asociación entre los trajes y la maldad, la perversión, que podían habitar en un hombre educado. 

−Me llamo Ana del Rosario.

Vicente relajó sus músculos y Ana del Rosario casi pudo percibir un atisbo de sonrisa en la expresión de su rostro, apenas visible en la oscuridad.

−Me llamo Vicente.
−¿Soltero?
−Viudo. Sé lo que es perder la fuerza de la vida.
−Gracias.
−¿Por esto?
−Por compartir esa fuerza conmigo.

Aquella noche supuso un giro en la vida de ambos. Ana del Rosario rehízo su vida, salía a pasear, jugaba a las cartas e incluso alguna vez la vieron encestar un balón frente a los ojos atónitos de los jóvenes del pueblo. También cambiaron las circunstancias de Vicente, que había encontrado un nuevo amor tras décadas de luto. A veces ella acudía a casa de él para visitarle, y todas las noches acudía él a casa de ella para visitarla. 

−Te amo así –le dijo Vicente en una ocasión a Ana del Rosario, recordando sus palabras. Se hallaban en la cama, él sobre ella, la luz de la luna llena entrando por la ventana y una sonrisa radiante en el rostro de ambos. –Sin luces artificiales, mentiras, ni etiquetas.

Ana del Rosario acarició el rostro de Vicente, recorriendo con su índice las arrugas que se pronunciaban con su sonrisa.

−Te amo así –respondió ella, –sin complejos.
−Te amo así –prosiguió él, colocándola a ella encima –auténtica y ligera, liviana y natural.
−Te amo así –susurró ella, acercándose para quedar a unos centímetros de sus labios –tal y como eres, con tu alma y con tu piel –concluyó, culminando la frase con un beso suave, tierno, aprendido y soñado en tantas novelas leídas sobre el amor.

Autora: María Beltrán Catalán